Kairós El Salvador con las Hermanitas de los Pobres

Inmaculada e Irene, miembros de los Grupos Kairós de El Salvador, nos hacen llegar su experiencia:

El sábado 12 de noviembre, el grupo Kairós de la parroquia de El Salvador, fuimos a la casa de las Hermanitas de los Pobres.

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Cuando llegamos a aquel sitio pensé: con todas las veces que he pasado por delante, nunca me había fijado en este majestuoso lugar. Al entrar allí, todas alucinamos. Para algunas era la primera vez que entrábamos. Después de espera de un momento, nos dijeron que ya podíamos subir a visitar a los ancianos. Nos llevaron a una habitación en la que se respiraba un ambiente tan acogedor como el de una casa. Allí estaban Maruja, Rosario, Encarna, Pepita, Carmen, Gloria, Marina y alguna más, las cuales nos dieron un cariñoso recibimiento. Entonces nos dispusimos a sentarnos a su alrededor. Los jóvenes pensamos que cuando llegas a mayor, pierdes las ganas de vivir, la alegría… pero eso no fue lo que estas mujeres nos demostraron. Nuestra Carmen estaba todo el rato cantando, Maruja intentando colarnos algunas mentirijillas, Encarna pegándole a Maruja en la mano porque esta le chinchaba…img_20161119_182507

Sonia y yo fuimos a visitar una de las habitaciones, en la cual estaba Antoñita durmiendo. Antoñita no quería levantarse, y yo me puse en su lugar, ya que a mí tampoco me gustaría que viniese gente extraña a mi habitación y me despertara. Así que nos salimos y volvimos a la sala del principio. Se notaba el ambiente mucho más alegre que cuando habíamos entrado por primera vez. Me senté al lado de Maruja y comencé a hablar con ella y a hacerme fotos; ella no paraba de decir que estaba muy vieja, y yo le enseñaba fotos de modelos diciéndole que era ella!! Pero decía que estaba segurísima de que ella no era la de la fotografía. Hubo un momento en el que me cogió de la muñeca y comenzó a mirar mis pulseras, que eran todas iguales. Vi que le gustaron, así que le regalé una, pero a cambio de ello, le pedí que me recordara, que cada vez que viera la pulsera, que por lo menos se acordara de quien se la había regalado. Ella me lo agradeció y más agradecida estaba aún yo, ya que con una simple pulsera había sacado una sonrisa tan bonita de una mujer tan preciosa. Después de un ratito me levanté y, de repente, Pepita se acercó a mí, me cogió del brazo y rápidamente entendí que me estaba pidiendo ir a dar una vuelta. En ese momento me sentí muy querida, porque confió en una joven a la que no conocía de nada. En muestro paseo yo le conté mi vida y estoy convencida de que estuvo escuchándome con mucha atención. Pasamos por delante de un pasillo, en el que una ancianita en silla de ruedas me pidió que le ayudara. Pedí a Pepita que, por favor, esperara dos segundos. Cuando terminé de ayudar a aquella mujer, vi a Pepita mirando hacia la ventana que tenía detrás de ella. Añoraba algo, algo que ni siquiera ella sabía… Volví a tomarla del brazo, noté como estaba echando todo su peso en mí, confiaba en que yo no la soltaría. Volvimos a la salita y Pepita, algo cansada, se sentó en el sofá. Allí vi a Antonio Colmenero y comencé a hablar con él. En ese momento pensé: este hombre seguro que tuvo una infancia y una adolescencia como yo, pero éramos como de mundos diferentes.

Cuando llegaron las trabajadoras significó que era la hora de la cena. Las acompañamos al comedor. Yo llevé a Maruja, que lanzaba un beso a todas las imágenes religiosas del pasillo y me decía que yo también lo hiciera. En el comedor nos dijeron que si les ayudábamos a darles de cenar a los ancianos y nosotras, encantadas aceptamos. Pude darle de comer a Marina, que estaba sorda, y que cuando te veía gesticular con la boca, siempre te devolvía una sonrisa con la que te hervía la sangre de lo cálida que era. Cuando terminaron todas de comer, era ya la hora de irnos. Yo no quería, pero había sido un día demasiado ajetreado para ellos y necesitaban descansar. Nos despedimos de ellas y nos fuimos. Al salir de allí empecé a sentir frío, y es que el calor de los radiadores y el de aquellas personas me había calado tanto que ya hasta había olvidado el fío de la calle.

Lo único que sé es que algún día volveré y le diré a Maruja que me gusta su pulsera; que le enseñaré fotos a Antonio Colmenero de su hermosa Barcelona y, sobre todo, de la Sagrada Familia. Que daré todos los paseos que Pepita quiera de demos juntas; que le transmitiré a Marina con mi sonrisa lo mismo que ella me transmitió a mí; que cantaré canciones de Navidad con Carmen; que contaré chistes junto con Encarna… y que VOLVERÉ!!. Sé que la tercera edad no es tan feliz como yo he intentado que parezca, pero he querido transmitir lo que ellos me han transmitido a mí. Esta experiencia siempre la voy a recordar, ya que Dios nos hizo para ayudar al prójimo y, aunque parezca extraño, lo cierto es, que esta vez han sido ellos los que me han ayudado a mí, a no preocuparme tanto por tonterías. Les doy las gracias a todos ellos.

Inmaculada, Kairos 2

El pasado sábado 19 de noviembre un grupo de jóvenes Kairós de la Parroquia El Salvador, de Jaén, fuimos a visitar a Las Hermanitas de los Pobres, queríamos pasar la tarde con los ancianos.

Para mí fue muy nuevo todo porque no había estado antes en una residencia, ni había visto cómo se vivía allí, ¡incluso fue mi primera vez rezando el rosario!img-20161112-wa0032

Me sorprendió la calidez de las personas. Yo estuve con Antonia, una mujer que no paraba de sonreír y de decirme y aconsejarme que estudiase para tener un futuro y que, por encima de todo, fuese feliz. 

Disfruté muchísimo, y gracias al encuentro he aprendido mucho de nuestros mayores.

¡Espero repetir pronto!

Irene, Kairos 4

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